Uribe, un golpe de Estado

20

POR SANTIAGO GAMBOA /

La intervención de Uribe en el Congreso, tras saberse de su indagatoria, no dejó lugar a dudas. Su orden es combatir en todos los escenarios: en el Congreso (aunque su trabajo ahí y su sueldito no sean para eso), en el de la opinión pública y en los estrados judiciales. Guerra en todos los frentes contra el Estado de derecho y las instituciones que lo empiezan a acorralar. Un golpe de Estado institucional curioso, pues él mismo es presidente del Gobierno, pero en nuestro vergel tropical todo es posible. Lo que Uribe se plantea es destruir la credibilidad de todo aquello que no está dominado por él, concretamente las cortes, y que percibe como una amenaza.

También consiste en acusar a Santos de todo y en destruir a como dé lugar su prestigio. Uribe tiene atragantado ese premio Nobel, le hace arder la úlcera. Para él, Santos es el cerebro de todas las acciones en su contra. Debe soñarse con él, se le aparece con dientes de felino y orejas de lobo. En su arenga en el Senado, Uribe también argumentó que él “desmontó el paramilitarismo”, aunque, eso sí, lástima que le quedó tan mal desmontado a juzgar por la cantidad de asesinatos que vemos por estos días: más de 300 líderes desde que empezó su tercer gobierno. ¿Y cómo puede ser de otro modo si cada vez que habla dice que las ONG están detrás de todas las acciones en su contra? Uribe, por lo demás, les hizo un insólito reconocimiento a sus colegas senadores de la FARC, para luego señalar a quien llamó “guerrillero simulado”. ¿Qué es esa acusación a Cepeda? ¿Está dando una orden en clave?

Por supuesto que Uribe y el Centro Democrático empiezan todas sus frases diciendo que respetan el Estado de derecho y las instituciones, pero de inmediato pasan a hacer su clarísima amenaza: si la Corte no responde a su favor, incendiarán el país. Su argumento es elemental: en caso de darse una detención después de la indagatoria es porque la Corte está politizada y es corrupta, probablemente por orden de Santos. Y no lo van a tolerar. Las arengas de sus senadores van en ese sentido: desconfiar, prepararse, luchar. Paloma Valencia ya dijo que por qué a Uribe sí lo llaman y a Iván Márquez no. Ella sabe por qué, pero lo dice para que la gente empiece desde ya a repetirlo en redes sociales y a pelearse en plazas y salones: ¿por qué a Uribe sí? Hay que repetirlo una y mil veces, por todos los medios, hasta que, igual que en el plebiscito, la gente salga “emberracada” a la calle. Hay que contestarles que si tanto les preocupa la comparación con Iván Márquez le digan a Uribe que se presente a la JEP.

Habrá violencia. Preparémonos. Los paramilitares que quedaron tan mal desmovilizados entenderán la señal y seguirán disparando. Habrá más muertos, amenazas, incertidumbre. Uribe sacará sus tropas para intimidar a la Corte y a la población. Por eso las fuerzas contrarias al uribismo deben hacer un pacto y unirse, pero ya. Lo ideal sería iniciar conversaciones de paz entre el Centro Democrático y el Estado de derecho, pero viendo la violencia y el modo sincronizado en que el uribismo (político, periodístico, en redes sociales y armado) se organiza para el combate, me atrevería a pronosticar que este golpe de Estado institucional será imparable.

El Espectador, Bogotá.