Una mujer apasionada por la vida pública y el país

Fragmento del libro Rebelde con causa: conversaciones con Clara López Obregón.

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Clara López en el lanzamiento del Partido Colombia Renaciente (2019), al cual pertenece. FOTO: Héctor Fabio Zamora. EL TIEMPO

El Tiempo

Los difíciles momentos que atraviesa Venezuela, así como el apoyo que se les ha brindado a los emigrantes de ese país por Colombia y los organismos internacionales, revelan cierta ironía en la vida de Clara López, pues quien la acogió en su exilio entre 1999 y 2003 en Venezuela fue Leopoldo López Gil, hoy exiliado en España a causa del gobierno de Nicolás Maduro, y cuyo hijo homónimo estuvo preso y milita con el presidente del Senado y autoproclamado presidente, Juan Guaidó.

A fines de la década de los noventa, Clara y el exconcejal Carlos Romero tuvieron que tomar la dura decisión de salir del país. En ese momento la, situación de seguridad era insostenible por las amenazas que se acrecentaban y porque ninguno de los dos tenía protección. Carlos, expresidente de la Unión Patriótica, había dejado el Partido Comunista debido a su crítica posición frente a los secuestros que se hacían por parte de las Farc.

“Arrancamos en un vuelo a Panamá. En el bolsillo delante de mi puesto había una revista The Economist. Me puse a leerla y en la parte de atrás, donde hacen los anuncios de los concursos y las vacantes, vi que había un concurso del BID para economistas en Caracas. Lo único que llevaba en la maleta era un poco de ropa y mi hoja de vida. Entonces, apenas llegamos a Panamá, envié mi aplicación al BID. Unas semanas más tarde me escogieron en lista corta para la entrevista en Caracas y al final me aceptaron. El trabajo se iniciaba seis meses después. Así fue como decidimos radicarnos en Venezuela”.

Uno podría advertir una lectura complementaria en Clara sobre la situación venezolana. Una es la extranjera que vivió allí, la otra es la analista que a través de su trabajo contribuyó a implementar con mayor eficacia la política económica y la política social. Clara participó en la elaboración de un documento sobre la sostenibilidad fiscal y la cuantificación de la política social. En política social insiste que esta no cuesta tanto, sino que es más una cuestión de voluntad política.

“Dentro de un proceso de estructuración económica, con un sistema tributario y una estructuración seria de la política social, se puede avanzar.

“El problema más complejo es qué tan rápido se puede avanzar. Entonces en esa época estábamos planteando un estipendio para el adulto mayor, incluso la renta básica la planteé en un artículo publicado en ese entonces, no de un salario mínimo legal, sino algo que cuadrara con las cifras y garantizara el derecho a no pasar hambre.

“Se estaba generando también la ampliación de todo el sistema escolar. La sostenibilidad fiscal era premisa básica. Pero, después de que me vine, optaron por las misiones, que no las financiaban con presupuesto nacional, sino con utilidades de PDVSA desde la misma empresa. Esa mezcla originó una debacle. Una revolución sin una base económica solida no se puede sostener. Una revolución sin disciplina fiscal no es factible, porque ninguna economía puede gastar más de lo que produce sin acabar en hiperinflación”.

Recuerda también cómo el paro petrolero y el sabotaje de infraestructura petrolera fue a gran escala. Y eso generó después un descalabro en la producción que se vino a pique y la pérdida de plata de la inversión que se necesitaba. Allí, arguye, empezaría la descomposición. Le pregunto por el papel de Cuba a través de las misiones y por la sostenibilidad real de un sistema de gobierno que se agotó.

Se cayó el comunismo real de la Unión Soviética pero el anticomunismo sigue vivito y coleando. Yo lo digo porque a mí no me han bajado de comunista.

“Sobre las misiones tengo una opinión favorable. Fue la manera que escogió el Gobierno de llevar la salud, la alimentación, la vivienda y la educación de manera masiva a las clases populares, allá donde no habían llegado los reales del petróleo. Lo de los cubanos no es incidental, pues respondió a un convenio de intercambio de petróleo por servicios médicos, deportivos y de otras especialidades que escaseaban en el país. A las misiones se deben los indicadores de mejoramiento social que tanto alabaron los organismos internacionales en su momento, antes del deterioro económico y social al que condujo el mal manejo administrativo, económico y la hiperinflación.

“Por entonces empecé a registrar los primeros síntomas de lo que años más tarde resultó ser un tumor cerebral benigno. Tenía un seguro de salud muy bueno, pero me resultó imposible concretar citas con el especialista. La huelga de los médicos era dura e intermitente. Parte del conflicto tenía que ver con la decisión del Gobierno de que debían atender en las comunas y no solo desde los consultorios de los hospitales de Caracas. Esa discusión se saldó con la llegada de médicos cubanos para la misión de la salud Barrio Adentro. No me ha parecido correcta la estigmatización de los médicos cubanos, ni en Venezuela, ni en otros países. Es una mirada ideologizada que pasa por encima de la realidad de la escasez de médicos en los sectores más vulnerables de nuestros países”.

Pero ¿cómo califica los ideales de Chávez?

Asegura que como el mundo se reparte en dos opciones, el apoyo a los pobres o el apoyo a los ricos, Chávez era la opción para los pobres. “El otro día, oyendo a Andrés Manuel López Obrador, decía que, para el bien de todos, primero los pobres. Esa es una opción. Pero también hay otra, que, para el bien de todos, primero los ricos. Y esta es la opción de la teoría del derrame de modelo del Consenso de Washington. Primero nos enriquecemos y lo hacemos para que algo llegue abajo. Son dos versiones del mundo. Chávez pertenecía a la primera. Un tipo con una capacidad impresionante de aprendizaje. Yo creo que él poco dormía. Porque no era una persona de academia, pero sí una persona con un carácter muy determinado. Cuando estuvimos en las comisiones de concertación lo vi y lo conocí. Se podía intuir que leía mucho. Pero nunca tuve ocasión de departir con él”.

Otro tema que considera importante en el aporte que pudo hacer en su momento Chávez fue el de la integración. Ve este escenario fundamental para incidir en las organizaciones internacionales, de manera que se tomen grandes decisiones con carácter supranacional.

“Chávez impulsó muchísimo la integración latinoamericana. Claro que, con su contenido político, pero eso no puede condenar a la integración. La ascendencia de Chávez y de todos los gobiernos de izquierda de América Latina le daban un carácter y un cariz. Pero fíjese que ha cambiado el mapa político. La pregunta es ¿por qué los presidentes actuales no asumen la integración en vez de destruirla?, ¿qué está pasando en el mundo? La globalización obliga, de una manera u otra, a los países a competir negativamente”.

Toma como ejemplo los escenarios de la sociedad en los que se pierde capacidad de ingreso no solo en Estados Unidos, también en Europa, en el caso francés, como lo señalan las reivindicaciones de los chalecos amarillos, por ejemplo. Los gobiernos como el de Trump o en Italia el de Salvini se fueron por el proteccionismo, la antiinmigración y alejándose de la globalización y de la defensa de la gente.

“Sin duda, un bloque fuerte latinoamericano en la Organización Mundial del Comercio podría influir muchísimo para que, dentro de las reglas de la globalización internacional, se tengan estándares mínimos de impuestos y salarios para que puedan subsistir gobiernos fuertes que puedan garantizar mercados competitivos e implementarse los programas sociales requeridos dentro de estándares adecuados de bienestar. Los Estados hoy bajan los impuestos cada vez más, para mantener la competitividad, y deben responder a más demandas hasta de los mismos empresarios. Bajar los impuestos de los que más tienen deja a las grandes mayorías sin salida. De igual forma, me parece que debilitar en vez de fortalecer la integración es pegarse un tiro en el pie”.

Sobre la actual situación de Venezuela y la decisión del gobierno Duque de crear un cerco diplomático, Clara hace suyos los postulados tradicionales de la izquierda, como la libre determinación de los pueblos y el principio de no intervención. Asegura que es fundamental el respeto a las decisiones de cada país, un principio estipulado por Naciones Unidas y la Constitución colombiana. Ve muy complejo el escenario en el que se han involucrado potencias como Estados Unidos, China y Rusia y expone su preocupación sobre una posible invasión a Venezuela.

“Nosotros, que tenemos 2.219 kilómetros de frontera con Venezuela, no debemos tener ningún interés de chocar con nuestro vecino, independientemente de que se comparta o no la visión política de sus gobernantes. ¿En qué va a poder contagiar el fracaso del modelo económico de Venezuela al resto del continente con su modelo especial de sociedad? No, yo creo que es un error profundo que están cometiendo varios presidentes de América Latina, en especial nuestro presidente. Uno lo oye hablar más de Venezuela que de los problemas propios de Colombia o, por lo menos, con más emoción e ímpetu”.

Clara cree que existe una intromisión continental en contra de Venezuela que no permitirá con prontitud el regreso a la democracia. E incluso reitera con vehemencia que no sabe quién es más antidemocrático, si el Gobierno o la oposición golpista. Le pregunto entonces si no es el momento de asumir una actitud crítica desde la izquierda, de reconocer las graves derivas de un experimento que se agotó y que hoy tiene sumido al país en una crisis profunda.

“En eso consiste la no intromisión en los asuntos internos de los demás países. En preocuparse por tener un modelo propio, no importado. Estoy firmemente convencida de que el modelo chavista no es para Colombia. Tampoco el modelo del Consenso de Washington que en buena hora empiezan a criticar sus impulsores. Colombia, como todo país, debe analizar y escoger lo que le conviene al país, dentro de las posibilidades materiales de la Nación. Yo creo que el gran daño ha sido el anticomunismo, una posición de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que condenó el pensamiento transformador y de cambio en América Latina. Lo estigmatizó y lo convirtió todo en una política supuestamente impulsada desde el extranjero para socavar las instituciones del país”.

Y esto se puede encontrar, según Clara, de manera explícita en nuestro país. Dice que cualquier intento de manifestación sindical o un paro cívico es cuestionado por ser infiltrado por los comunistas y los guerrilleros. Un reclamo agrario es sinónimo de comunismo. Cualquier inconformidad política y social en una sociedad totalmente feudal se convirtió en comunismo. La protesta y las movilizaciones sociales han sido calificadas de subversión.

“Se cayó el comunismo real de la Unión Soviética, pero el anticomunismo sigue vivito y coleando. Yo lo digo porque a mí no me han bajado de comunista, a mi tío Alfonso no lo bajaron de comunista y a López Pumarejo no lo bajaron de comunista. Acá a cualquier persona que hable de reforma agraria, de derechos laborales, de reforma política que democratice y limpie la Registraduría Nacional del Estado Civil, por poner solo algunos ejemplos, es un comunista, un subversivo o guerrillero. Ya se les acabó el cuento de los guerrilleros. Pero seguimos en la misma actitud de siempre. Tratar de trancar el cambio, en vez de encauzarlo como corresponde en una sociedad moderna. El cambio hay que hacerlo”.

Fragmento de un capítulo del libro Rebelde con causa: conversaciones con Clara López Obregón, de la periodista María Fernanda González.