“Soy integralmente feminista”: Clara López

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Entrevista realizada por Olga L. González / Elcomejen.com

La agenda política hoy está cada vez más atravesada por el feminismo. Hechos históricos, como la aprobación del aborto en Argentina, muestra que los políticos sí pueden ser factor de cambio social.En esta edición conversamos con Clara López, una de las más respetadas figuras de la izquierda colombiana. Ha sido candidata a la presidencia, alcaldesa de Bogotá, ministra de trabajo, y fue presidenta del partido Polo Democrático. En Colombia se asocia su nombre sobre todo con temas de economía y de defensa de la paz y del Estado social de derecho. En esta entrevista quisimos conocer sus acciones políticas dirigidas a las mujeres, y su visión del feminismo.

Clara López, ¿cómo fue su educación y cuándo descubrió usted el feminismo?

Desde mi casa tuve siempre formación en igualdad. Mi educación, a pesar de presiones de la familia más ampliada, siempre fue igual a la de mis hermanos. No fui a colegios de señoritas sino a un exigente internado, lo cual marcó mi vida profesional.

Estudié en la Universidad de Harvard y allí hice parte el movimiento estudiantil contra la guerra en Vietnam. Ahí vi por primera vez a militantes feministas. El pliego con el que hicimos huelga y cerramos la universidad incluía igualdad de salario entre hombres y mujeres. Debo decir que esa fue la única demanda que no se consiguió.

Usted ingresa muy joven a la vida pública ¿Cuáles fueron sus encuentros con temas de defensa de los derechos de las mujeres?

Joven adulta, cuando fui secretaria económica de la Presidencia, entre 1974 y 1978, estuve muy de cerca de la agenda que manejaban las mujeres mayores, como Pepita Amézquita de Almeida y María Elena de Crovo. El presidente Alfonso López había hecho promesas concretas, como permitir el divorcio para el matrimonio civil. Esto fue muy conflictivo: por un lado, las mujeres que querían el divorcio completo; por el otro, la Iglesia, que no era proclive al divorcio civil. Hoy nadie ha oído hablar del Concordato, un tratado del Estado colombiano con la Santa Sede que prohibía el divorcio a los matrimonios católicos. Ese fue el cambio: se estableció el divorcio para el matrimonio civil. En adelante, los matrimonios de todas las confesiones, dentro de un criterio de igualdad de cultos, podrían inscribirse en el registro civil para surtir efectos civiles.

Mujeres en Lucha. Imagen de Abel Escobar en Pixabay

En esos años también impulsamos leyes para que la patria potestad sobre los hijos fuera compartida por igual entre marido y mujer. Antes, sólo el padre tenía potestad sobre cómo educar, corregir y en general, tener la responsabilidad por los menores. Hicimos leyes para darle igualdad de derechos a los hijos adoptivos en materia de herencia, pues el código civil los discriminaba, adjudicándoles un porcentaje inferior. También se estableció la contribución patronal de las nóminas para financiar las actividades del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF, dedicado especialmente el cuidado de la primera infancia. Esto fue un gran apoyo para las madres de familias de bajos recursos. Por esa época, el ICBF empezó a financiar a las que hoy se conocen como “Madres comunitarias”, precisamente con esos recursos.

¿Es decir que en esos años ya había conciencia feminista en el ejercicio de lo público? ¿Eran mujeres quienes se apersonaban de esos temas?

Sin duda. Los avances respondieron al trabajo de muchas mujeres organizadas en grupos de presión que actuaron políticamente. Hicieron parte de una agenda de grupos femeninos que continuaron su trabajo después de lograr el derecho al voto. Mi madre, como muchas mujeres de su generación, le imprimió gran dinamismo a las demandas de igualdad. Todos los temas mencionados fueron introducidos por ellas en la plataforma del candidato liberal, el doctor Alfonso López. Esto le granjeó un gran apoyo electoral. Tener esa conciencia de género las hace feministas, aun cuando tal vez en esa época no reivindicaran el término.

¿Se hablaba de “paridad” en esos años?

No se pronunciaba la palabra, pero algunas practicábamos esa paridad o incluso más. Cuando a principios de los años 80 fui elegida contralora de Bogotá, designé mujeres en más de la mitad de los cargos directivos; era algo que no se usaba entonces. Éramos la mayoría en los cargos directivos. En esa época lo llamaban “el matriarcado”. Todas eran mujeres muy competentes: estaban Dolly Pedraza de Arenas, que llegó a ser presidenta del Consejo de Estado; Berta Olga Ospina; Patricia Pardo; Marta Sánchez, Amparo Arbeláez, Blanca Lucía Ocampo.

¿Usted se ha enfrentado a cuestiones de acoso sexual en su carrera?

En 1981 tuve mi primer encontrón con acoso laboral sexual. Hicieron renunciar a una profesional quién llorando me confesó que era víctima de ese abuso. La reintegré y declaré insubsistente, con algo de arbitrariedad, al señor correspondiente. Hicimos campaña para que las mujeres denunciaran y abordamos el tema con respeto, pero sin mojigatería. Desde entonces, he sido muy consciente de la vulnerabilidad de las mujeres frente a jefes descompuestos y he abierto los canales y la confianza para recibir las denuncias y así evitar revictimización.

Los partidos de izquierda en Colombia no se han caracterizado por su feminismo. Sin embargo, usted logró llegar a la presidencia del Polo. Más allá de este triunfo individual, ¿logró llevar a cabo acciones por las mujeres?

En el Polo las mujeres siempre hemos actuado para establecer canales efectivos de representación en los cargos de dirección. En el primer o segundo Congreso, organizamos con Gloria Flórez, Ana Teresa Bernal, Ati Quigua, Berta Rey y otras, a las delegadas, para exigir normas verdaderamente incluyentes en los Estatutos. Fue así como el Polo se convirtió en el primer partido en exigir una representación del 30% de mujeres en sus listas internas.

Lavapiés, Madrid. Imagen de justraveling en Pixabay

En nuestra tendencia de entonces, Polo Social, una de mis preocupaciones fue la representación de las regiones de Colombia, y que hubiera representación de las mujeres en cargos principales y no solo suplentes, como pasaba en otros sectores. También incorporé en el presupuesto rubros destinados a eventos que redundarían en beneficio de las mujeres. Como recibí el partido con una deuda de 5 mil millones de pesos, tuvimos vacas flacas permanentes, pero se ejecutaron los primeros presupuestos.

Respecto de mi elección como presidenta, fue un gesto de Gustavo Petro y de Jorge Robledo. No encontraban acordar que fuera el uno o el otro, pero coincidieron en postularme y acepté. El Comité Ejecutivo me eligió en el año 2010, y después en el IV y V Congresos fui nuevamente elegida. En el primero de esos congresos fui aclamada candidata presidencial y en el segundo, candidata a la alcaldía de Bogotá.

Entre 2008 y 2011 usted fue Secretaria de Gobierno de Bogotá, y luego alcaldesa. ¿Es este el mejor nivel, dentro de la administración, para impulsar políticas favorables a las mujeres?

En cada nivel se pueden hacer cosas. Pero es cierto que la Alcaldía es un lugar clave, porque hay recursos y posibilidad de concretar políticas públicas, con participación efectiva de los distintos sectores. En Bogotá, la instancia de participación de las mujeres es particularmente fuerte, está regulada y exige la presencia del alcalde en todas las reuniones. Durante ese mandato del Polo, cuando preparábamos el Plan de Desarrollo, recibí la llamada de las mujeres, encabezadas por la dirigente Martha Buriticá.

De las discusiones con estos grupos de mujeres concretamos tres prioridades para atender: en primer lugar, a las mujeres víctimas de violencias de género, donde el agresor suele ser un cónyuge o pariente. En segundo lugar, atender a las víctimas del conflicto armado, donde el agresor suele ser un actor armado. En tercer lugar, atender a poblaciones específicas, como mujeres cuidadoras o adultas mayores.

Frenar la violencia es un factor central en la política dirigida a las mujeres. ¿Por qué?

Los niveles de violencia contra las mujeres son aberrantes en nuestro país y deben ser atacados con toda la severidad. El 8 de agosto de 2011 le quemaron la cara con ácido a la joven Natalia Valencia, a quién visité en la unidad de quemados del Hospital Simón Bolívar. Resultó ser el caso Nº 55 de mujeres atacadas con ácido por parte de sus parejas o exparejas en ese año. Cité un Consejo de Seguridad para analizar esa situación tan grave. Una dirigente afro lo resumió de manera gráfica y contundente: “No solo quieren anularnos como mujeres sino destruir nuestra identidad borrando nuestras caras.” La secretaria de Gobierno, Mariela Barragán, elaboró el primer borrador de lo que se convirtió en la ley 1939 de 2013 que abordó por primera vez ese tipo de violencia contra las mujeres.

Por esa razón, muchas de nuestras acciones en la secretaría y la Alcaldía estuvieron orientadas a acompañar a las mujeres víctimas de violencias de género, que por desgracia son altísimas en nuestro país y que requieren un compromiso total por parte de quienes han sido elegidos y de quienes diseñan las políticas públicas. Tengo la satisfacción de ver que hoy, muchos de estos programas que iniciamos se han institucionalizado y ampliado con la Secretaría de Mujer.

¿Me puede mencionar algunas de esas acciones importantes?

Tuvimos varios logros. Por ejemplo, el de abrir las primeras casa refugio en Colombia para mujeres víctimas de violencia sexual y ampliar a todas las localidades las Casas de Igualdad, incluyendo una unidad móvil que recorría las zonas críticas de las distintas localidades. Las primeras han permitido salvar vidas de mujeres y sus hijos amenazados por sus cónyuges. Las segundas llevaron a acabo proyectos de empoderamiento, capacitación, educación sexual y concientización para abordar psicológica y jurídicamente la violencia sexual.

Montamos 16 Centros de Atención a Víctimas (Cavid), y tres de ellos estuvieron dedicados a la atención de las mujeres, por ejemplo, a las víctimas de abuso sexual de la guerra, con funcionarios capacitados para atender a las víctimas con protocolos adaptados. Hablar de esos delitos es muy difícil, y más en un país donde muchos ejércitos siguen vivos y donde las amenazas se cumplen.

¿Cómo era ser alcaldesa de la capital de un país en guerra?

En Bogotá hemos vivido el posconflicto en medio del conflicto armado. Hacia 2010 llegaban unas 70 mil personas desplazadas cada año a la ciudad, o sea un conglomerado del tamaño de Facatativá. Atendimos al menos a 280 mil personas víctimas de desplazamiento forzado, además de unos 5 mil excombatientes en programas de reinserción. Y el 80% de las víctimas de desplazamiento en Bogotá eran mujeres, niños y niñas.

Bajo los gobiernos de izquierda en la capital, la población desplazada era atendida en salud en los hospitales públicos, sus hijos eran matriculados en los colegios distritales y atendidos en los comedores comunitarios, e incluso logramos que el Concejo de Bogotá aprobara un subsidio complementario al nacional para vivienda.

Manifestación en Brasil
Manifestación en Brasil. Imagen de Maisa Bilenki en Pixabay.

A través del equipo jurídico de acompañamiento dirigido por Zuly Moreno, firmamos un acuerdo con la Fiscalía para apoyar efectivamente a las mujeres con asesoría de calidad y representación legal con el objetivo expreso de evitar cualquier revictimización en ese proceso. Todo el programa de víctimas fue ejemplar. Es una verdadera pérdida que no haya tenido continuidad.

Hablemos de su compromiso con las mujeres trabajadoras de Colombia. Según el DANE, hay 700 mil mujeres empleadas domésticas, pero no tienen realmente voz, no hay un sindicato fuerte que las represente.

Este es un tema central porque muestra cómo la legislación también discrimina a los oficios desempeñados mayoritariamente por mujeres. El Código Laboral excluía del beneficio de la prima de servicios a las empleadas domésticas, conductores de familia, jardineros y encargados de fincas. Cuando fui ministra de trabajo, en 2016 y 2017, trabajé con la bancada de mujeres del Congreso en torno a la ley que reconoció la prima de servicios a las empleadas domésticas. También ampliamos de 14 a 18 semanas la licencia de maternidad y logramos una ley que ordena que haya salas de lactancia en entidades del Estado y en empresas privadas con más de 50 trabajadores. Son logros decisivos, que tocan el día a día de cientos de miles de trabajadoras colombianas.

Usted menciona siempre a otras mujeres. ¿Qué importancia tiene la lucha colectiva?

Todos esos logros han sido gracias a las luchas de muchas mujeres, la mayor parte, en el anonimato. En general se estigmatiza ser feminista. Todos y todas dicen que son amigos de la igualdad, pero sin ser “feministas”. Yo sí me siento integralmente feminista, y de la vertiente que asume la lucha de clases. Porque, ojo, ese es otro mito, y es un mito de los oportunistas, decir que no existe la lucha de clases, o que es un invento marxista, o comunista. Sin duda que hay que propiciar la concertación en busca de avances, pero sin perder de vista que hay un conflicto distribucional de fondo, y que lo que gana el uno, lo pierde el otro o la otra.

Usted profesa una gran admiración por Manuela Sáenz. ¿Por qué razón?

Manuela Saénz se ganó su rango de coronela en la Batalla de Ayacucho por sus propios méritos, arrojo y valor. No fue Bolívar sino el Mariscal Sucre quién la ascendió. Condujo parte importante de la inteligencia militar en las batallas del sur, pero los historiadores, en su gran mayoría, la miden por su relación sentimental con el Libertador. Su correspondencia y actos muestran a una mujer segura de sí misma, independiente, poco convencional y sin los prejuicios sociales y religiosos tan marcados de su época. Decidió ser libre y pagó su precio. Eso nos pasa a todas las mujeres.

¿La política es importante para el feminismo?

Se requiere un cambio de paradigma, una transformación cultural. El patriarcado es un código cultural que mujeres y hombres cargan y reproducen. Debemos diseñar propuestas para la familia, la escuela, los sitios de trabajo, las universidades, la prensa, en fin, todos los estadios, para conscientemente eliminar el machismo, la sumisión femenina y la condena a roles fabricados que perpetúan la desigualdad entre hombre y mujeres.

Ese cambio de paradigma requiere de la Política, y la digo con P mayúscula. Es indispensable la participación de más mujeres en todos los espacios donde se toman las decisiones. Es un trabajo de Sísifo. Lo he visto. Avances y retrocesos, pero con saldo positivo.

Muchos partidos políticos hoy en día se dicen feministas. ¿Usted piensa que el derecho al aborto debe figurar en el ideario de los partidos progresistas?

La realidad es que el derecho a decidir sobre el cuerpo de la mujer por la propia mujer está muy avanzado y hace parte de los programas de los partidos progresistas en todo el mundo. Yo, desde luego lo suscribo integralmente. Pero también sueño con el día en que la mujer sea verdaderamente libre y no tenga que tomar esas decisiones tan duras por presiones externas a su voluntad. Que no sea por pobreza, discriminación o vergüenza que una mujer o una niña decida ponerle fin a un embarazo. Que pueda decidir en plena libertad. Ese también es parte del derecho a elegir y tal vez, la parte más importante.