¿Qué tan público es el espacio público?

24

POR ALBERTO SALDARRIAGA ROA /

Richard Sennet en el libro El declive del hombre público comenta cómo, en la primera mitad del siglo XVIII se construyeron en el centro de París unas nuevas plazas y al mismo tiempo se promulgó la prohibición de su uso por parte de vendedores, acróbatas y saltimbanquis, actores y prestidigitadores, personajes  todos cuya presencia había dado vida y animación al espacio público en las ciudades europeas desde el medioevo. Las nuevas plazas fueron, según  Sennnett, monumentos a sí mismas, dignas de ser contempladas y atravesadas pero no vividas.

La observación de Sennet plantea interrogantes interesantes acerca del sentido del espacio público urbano, ¿Qué tan público es el espacio público? ¿Para qué sirve? ¿Quién lo “debe” usar? Para responderlas es necesario indagar en el sentido de lo público y en algunas de las facetas de la vida moderna en la ciudad  existente, especialmente en el abigarrado y complejo mundo de la ciudad   latinoamericana.

Lo público es aquello que pertenece a todos, al “pueblo”. El público es un conjunto  de ciudadanos que voluntariamente presencian un evento. La diferencia semántica  en el significado del término “público” parece tener una relación directa con la manera como se mira y se maneja  el espacio público en la ciudad. Para unos es el inmenso terreno donde la ciudadanía se reconoce a sí misma. Para otros es un lugar hecho para ser observado a distancia, como si fuera un evento.

Lo público es el dominio de todos pero no es una “tierra de nadie”; no es anárquico. En él  se establecen regulaciones, provenientes de las costumbres y de las regulaciones formales, que permiten o restringen presencias, actividades y significados diversos. Lo público es un dominio en el que se ejecutan los ritos de una sociedad: encuentros y desencuentros, intercambios y negociaciones, proclamaciones y celebraciones. En el dominio público los ciudadanos son –o deben ser- iguales. La desigualdad genera conflictos y desavenencias. El sentido  de lo público está directamente ligado al espíritu de la democracia.

Público y privado, según cómo

Una ciudad está constituida, en su esencia, por la conjunción de los dominios de lo Publio y lo privado, representando lo primero en los espacios y edificios cuya naturaleza y razón de ser provienen de la sociedad misma. Lo privado es aquello que es “intimo”, “interior”, familiar, personal. La tenencia del espacio que en su origen debió consagrar el derecho a esa interioridad, se ha transformado en herramienta de control del espacio urbano y, para algunos en la competidora y enemiga de lo público. El dualismo público-privado presente en la sociedad  moderna es causa y consecuencia de esa competencia y enemistad. En una sociedad fortalecida lo público prevalece como el orden superior de la ciudad; es su estructurador. En una sociedad endeble, lo privado arrolla lo público gracias  a las maniobras astutas de negociantes e intermediarios y de predicadores de la usura.

La conjunción de lo público y lo privado en la ciudad tiene una dimensión particular  cuando se asocia a lo mítico o a lo religioso. La traza urbana, desde tiempos inmemorables, se ha basado en la constitución de un dominio público, en la configuración de sus lugares y recorridos, en la delimitación de los ámbitos de lo privado y en la localización de los lugares simbólicos donde la ciudadanía se entrega a los dictámenes de la divinidad. El templo, la pirámide, la catedral, el cementerio, son los hitos que han marcado históricamente el espacio urbano. En ellos ingresa el ciudadano como “público”, es decir, como espectador que presencia los ritos religiosos o funerarios. En la sociedad urbana moderna, secularizada, los lugares simbólicos se asocian con otros ritos, en especial con aquellos que se asociarían al comercio. Los centros comerciales son los nuevos templos que convocan a una ciudadanía para ejecutar, ella misma, el ritual del consumo. El centro comercial es y no es público. En tanto está poblado de consumidores. Lo es. Al desocuparse para ser un enorme sarcófago que alberga  los cuerpos inertes de nimiedades y bisutería.

¿Qué sucede en el espacio público? ¿Para que sirve? En forma simple puede decirse que para todo aquello que es de interés público y también para todo aquello que atrae un público. Esto sucede desde su mismo origen. El ágora ateniense, según  el mismo Sennet, fue un amplio espacio donde se congregaron  políticos, jueces, sacerdotes, vendedores, traficantes y ciudadanos, es decir, todos aquellos que tenían que ver de una u otra manera con la vida y el destino de la ciudad. Tenochtitlán, la capital del imperio azteca fue un populoso lugar lleno de  mercados y salpicado de templos donde se efectuaban los múltiples rituales  religiosos. La vitalidad del espacio público ha estado siempre asociada a la presencia activa de los ciudadanos. Lo contemplativo en la ciudad aparece  tardíamente, como respuesta a un modo de vida en el que las actividades fueron  encerradas en edificaciones especializadas y el ocio apareció como un nuevo elemento de la vida urbana. El espacio público vivido es diferente del espacio observado. Para que haya vida en la ciudad debe haber razones, de lo contrario  se extingue.

¿Para quién es lo público?

¿Cuáles son los personajes que pueblan el espacio público en la ciudad? Por su carácter, el ciudadano es y debe ser su principal habitante. En él encuentra  su espacio de movilidad, para ir de un lugar a otro, su espacio de encuentro, su espacio de reposo y de contemplación. Pero esto no sucede en el vació de una ciudad inerte. El  recorrido y el reposo suceden al tiempo con muchas otras cosas: hay encuentros casuales con otros ciudadanos, hay ofertas en las tiendas y almacenes, hay quien representa su espectáculo para que otros lo miren y de paso dejen una monedas en su gorra, hay comidas y bebidas, asientos,  buzones, árboles (para los perros y para la sombra). La conjunción de todo ello es lo que enriquece el espacio público. Basta con observar la vitalidad de las Ramblas en Barcelona, con su enorme variedad de sucesos, para verificar esta afirmación.

Es indudable la necesidad de liberar espacios que han sido  invadidos y saturados por el puesto de venta. Pero cabe preguntarse: ¿quien va  a caminar por esos espacios desocupados donde nada va a suceder? No sería más sensato intentar dar un orden a aquello que en su desorden se ha vuelto  conflictivo y conjugar el camino del peatón con eventos que le hagan sentirse  partícipe de una vida urbana? El vendedor callejero es un personaje tan inmemorial como la ciudad. Erradicarlo no significa desaparecerlo, sólo significa  ocultarlo temporalmente. Mejor sería disponerlo donde debe estar, en el dominio  público,  como uno más de los agentes de la vida urbana. El tejido de esta vida se nutre con la presencia de personas, plantas, animales, y cosas en interacción, en el dominio de lo público. Encerrarla en un centro comercial es esterilizarla y disponerla únicamente para el consumo. Fortalecerla requiere conocer sus fundamentos y actuar en consecuencia.