La fuerza de la no violencia

La fuerza de la no violencia

Por Clara López Obregón / El Tiempo   

Gran parte de la violencia física ha sido precedida de la violencia verbal, igual de letal, pues ha contribuido, ayer como hoy, a darles cobijo a las acciones sanguinarias de los intolerantes y sectarios.

La violencia toma muchas formas y Colombia es un laboratorio para la valoración de prácticamente todas sus manifestaciones. Desde la Independencia, el país ha sufrido 11 guerras civiles nacionales. El reciente Informe de la Comisión de Verdad Histórica documentó

220.000 víctimas del conflicto armado entre 1958 y el 2010, que se suman a los 300.000 muertos cobrados por la década de guerra civil no declarada entre liberales y conservadores. Podemos afirmar que nuestro siglo XX se caracterizó por la pervivencia de un conflicto que derivó en democracia precaria, desigualdad y pobreza.

Gran parte de la violencia física ha sido precedida de la violencia verbal, igual de letal, pues ha contribuido, ayer como hoy, a darles cobijo a las acciones sanguinarias de los intolerantes y sectarios. En estos días se publicó la noticia de hace 100 años cuando Uribe Uribe fue asesinado a hachazos en las gradas del Capitolio por dos hombres enceguecidos o amparados en las estigmatizaciones oficiales. La historia se repitió con Jorge Eliécer Gaitán, Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro. Se llegó al extremo de eliminar un partido político, la Unión Patriótica, y si no ponemos coto a tiempo, se puede repetir con quienes hoy son injustamente señalados por altos funcionarios de promover la violencia en paros y movilizaciones sociales.

Con la proximidad del debate electoral y del incremento de las jornadas de protesta social que se avecina, debemos hacer un alto en el lenguaje y un compromiso social en contra de la violencia física, pero también verbal, como inaceptables formas de lucha electoral, política o social. Quienes militamos en las toldas de la inconformidad social y política desde la civilidad conocemos la enorme fuerza de la no violencia, por lo general asociada a la desobediencia civil que practicaron Thoreau y Gandhi.

En mis épocas universitarias, cuando los jóvenes marchamos contra la guerra de Vietnam, Thoreau sirvió de inspiración a quienes se oponían al servicio militar obligatorio en la que consideraban una guerra injusta, aun a costa de ser encarcelados por sus valores personales. A la postre, los EE. UU. fueron derrotados en Vietnam, no solamente en el campo de batalla, sino por la opinión pública movilizada en la desobediencia civil pacífica de su juventud.

Sin perjuicio de brotes de indisciplina social, que no faltan en grupos humanos diversos, la movilización de la juventud norteamericana fue pacífica, pero no considerada legal. Allá como aquí, las autoridades interpretan como violencia la desobediencia civil y responden con represión, que degenera la protesta en motín.

Ambas partes, la fuerza pública y sus jefes civiles, así como los manifestantes y sus dirigentes, deben conscientemente asumir una actitud de concertación de las marchas y paros cívicos. En Bogotá se hizo con la intermediación de la Alcaldía en largas jornadas con la Policía y los dirigentes estudiantiles. Se concretaron acuerdos y se cumplieron. Las manifestaciones de la Mane fueron disciplinadas y multitudinarias, con cadenas de protección de los propios estudiantes para aislar a los que pretendían infiltrarlas de violencia. El acompañamiento de la Policía Metropolitana, con su contingente de mujeres bien entrenadas, fue profesional y respetuoso de la protesta.

Así deben ser las movilizaciones. El principio de autoridad, en vez de desgastarse, se legitima y la democracia se fortalece en la necesaria visibilización y exigencia de reivindicaciones reclamadas. Es hora de que el principio de autoridad dialogue constructivamente con la inconformidad social y política a través del reconocimiento real y no apenas nominal de la protesta. Los dirigentes de las movilizaciones, a su vez, deben practicar y proteger con ahínco la no violencia para desatar su enorme fuerza transformadora.

El Tiempo, Bogotá.

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