Fascismo a la criolla

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POR REINALDO SPITALETTA /

Hay un ambiente mefítico. Una suerte de conseja que intenta como quiera, a toda costa, imponer un “pensamiento único”, una sola visión del mundo, a la que denominan como la “correcta”, la que califica al contradictor como un enemigo al que hay que borrar, censurar, someter a sus dictados. No es nueva esta actitud despótica en Colombia, pero, en los últimos tiempos, ha venido alimentando —con febrilidad y coadyuvada por medios de información al servicio del poder— el extremismo. Y hace parte de una confabulación de la ultraderecha.

La aberración se apoya en la ya vieja “cultura” mafiosa, que no solo exalta la vulgaridad y los despropósitos, además de la imposición de métodos del lumpen, sino la eliminación, ya sea física o de otra índole, del contradictor. Y, a su vez, disfrazada de “cientificidad” y aprovechando los espacios que desde hace años abrió unas veces a punta de terror y en otras de asaltos al Estado, para tergiversar o acomodar la historia.

Y en la palestra de sus desbarres ha apelado a un sistema de discriminación y propalación de mentiras que en los tiempos del senador Joseph McCarthy, en los Estados Unidos, tuvo su apogeo en la década del 50.

La conspiración criolla tiene sus maneras de descontextualizar, por ejemplo, términos como “patria” (reducida a sentimentalismos de pacotilla) y, para ir en esa misma dirección, de adulterar acontecimientos históricos. Por eso no es extraño que en determinados momentos salgan algunos de sus miembros, los más extravagantes y zafios, a decir que no hubo ninguna masacre de las bananeras, que eso es invención de narradores exaltados con realismos mágicos.

Y así, en el montaje de barrer lo que pueda utilizarse en contra de sus pillajes (también hay pillaje ideológico), se instaura el dominio de historias oficiales, se borra la memoria, se descalifican los movimientos sociales, se minimizan las justas protestas de sectores de la población ante el desgreño y la conculcación de derechos… Y aparece en su dimensión vergonzosa el macartismo, sazonado, claro, con amenazas y con “razones sociales” como las de las Águilas Negras. O con dichos (en esencia estúpidos) como que los asesinatos de líderes sociales han sido por “líos de faldas”, o que no hay una resurrección del paramilitarismo, sino que lo que sucede es que hay “gente mala matando a gente buena” (¿o viceversa?).

La conjura, ya de vieja data, grita contra la Jurisdicción Especial para la Paz, contra las manifestaciones estudiantiles que se hacen en defensa de la educación pública, contra el magisterio, contra la minga indígena… Es una puesta en escena que se alía con informativos, periódicos, emisoras. Y aprovecha para sus torvos objetivos los comportamientos mafiosos.

Los imbuidos por esa visión maniquea de la extrema derecha, que por lo demás ha desteñido a propósito términos como “socialista” o “comunista”, asimilándolos a asuntos delincuenciales, no paran mientes en destacar como ídolos a sicarios de la mafia ni al mismo patrón Escobar. Lo sucedido por ejemplo en Miami, durante el partido de fútbol Colombia-Brasil, es apenas leve muestra de la mentalidad turbia de fanáticos uribistas. No solo evocan con nostalgia al capo, sino que insultan a opositores de su cuestionado “mesías”.

El nuevo credo, una especie de redivivo laureanismo pero peor, contempla un aislamiento, como una imposición de estado de sitio, a medios independientes, como ocurrió con Noticias Uno. Son otras maneras de la censura las que se han ejercido contra el noticiario. El emperadorcito lo anunció desde hace rato que, con el gobierno de su pupilo, no iban a tener la posibilidad de ejercer así no más la crítica y la denuncia. El noticiario, como se ha visto, ha aplicado en su trayectoria aquel principio del periodismo investigativo de informar sobre lo que algunos —el poder— no quieren que se conozca.

Ser independiente en un país como el que la derecha a ultranza quiere dominar es ser sinónimo de “guerrillero”, de cuestionador del sistema, de enemigo de la democracia, otra expresión envilecida por los carteles de la politiquería. Se ha instalado una combinatoria de lo mafioso-paramilitar, adobada con la agresión verbal, de parte de una grotesca cáfila de exaltados que quieren cabalgar en los caballos de la intolerancia.

Entre sus banderas de pirata no solo tienen una calavera, sino la efigie (y la voz —como se vio en Miami—) de un hampón, símbolo de la barbarie y la irracionalidad. Son aquellos que saben corear, sin vergüenza alguna, que “plomo es lo que hay, plomo es lo que viene”.

Puede pasar que primero se lleven un noticiero, después a un maestro, luego a un estudiante, más adelante a un obrero, a un comunista, a un socialista, a un librepensador, como sucede en un viejo poema. Antes de que sea demasiado tarde, hay que decirles NO a estas sectas que, como el fascismo, niegan al hombre.

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