Dos años de pobre desempeño

El Gobierno se mira el ombligo cuando debería impulsar una gran política de solidaridad internacional.

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POR CLARA LÓPEZ OBREGÓN / SEMANA.COM

Cuando arreció la pandemia, el país le extendió un generoso cheque en blanco al Gobierno Duque. No era para menos. Una pandemia inédita exigía recorrer terreno desconocido. Dos emergencias y 167 decretos legislativos después, la gestión gubernamental debe evaluarse por los resultados que muestran un desempeño dolorosamente deficiente.

Las tres crisis gemelas -la pandemia propiamente dicha, la economía y la cuestión social- arrojan indicadores extremadamente preocupantes que los discursos no logran contrarrestar. Aun cuando son muchas las estadísticas conque a diario abruman a la ciudadanía, poco significan esos datos aislados a la hora de evaluar la gestión de la pandemia. Consultado el centro de información de la Universidad Johns Hopkins, Colombia ocupa los primeros lugares del mundo en número de casos diarios, número de casos totales y número de muertes. Con datos del domingo pasado, 16 de agosto, el panorama luce sombrío.

Colombia pasó de estar en el lugar 30 a finales de mayo, a ocupar sitial en el “top ten” de los indicadores mundiales al pasar a la cuarta posición en número de casos diarios y subiendo, después de Brasil, India y Estados Unidos y al octavo, tanto en número de contagios(456,689); como en tasa de mortalidad, con 29,8 por 100.000 habitantes. Todo parece indicar que se hizo lo correcto con las cuarentenas, pero se fracasó rotundamente en materia de pruebas diagnósticas y el consecuente, pero inexistente, cerco epidemiológico. Por ello, a pesar del sacrifico tan sensible en actividad económica, no se tuvo el éxito esperado en el control de contagios.

La economía reproduce los malos resultados. Claro que todos los países han sufrido las consecuencias negativas de la recesión inducida por las cuarentenas. Pero nuevamente en Colombia, comparativamente, vamos peor. La caída de 15,7 por ciento del PIB en el segundo trimestre del año es verdaderamente elevada y resulta ser la segunda más alta dentro de los países de la Ocde, nuestro nuevo referente, que en promedio registró una caída del 11,8 por ciento. Solo México tuvo una caída más grande, del 17,3 por ciento. En materia de empleo la situación es peor. Colombia encabeza la lista continental con una tasa de desempleo de 21,4 por ciento que registra el aumento más alto desde febrero, mes previo a la pandemia.

En materia social, la situación es angustiosa. Al desempleo abierto debe sumarse la reducción de la ocupación en 4,2 millones de personas frente al año anterior. Mal contadas, hay entre seis y ocho millones de personas que han dejado de devengar y las ayudas del gobierno no compensan suficientemente la pérdida de ingresos, que ha generado un recorte tan elevado de la demanda que pone en peligro cualquier programa de reactivación.

Las prioridades en este campo son claras. Se hace necesario poner dinero en las manos de quienes han quedado excluidos de la ocupación remunerada e incluso del rebusque. La demanda está doblemente resentida por falta de ingresos y por el miedo al contagio.

La reactivación debe empezar por darle empleo remunerado a la gente. En columna anterior explicamos como el Gobierno puede generar rápidamente uno e incluso dos millones de empleos temporales de salario mínimo legal más prestaciones, para echar a andar la economía través de la demanda. En un debate en Voces RCN sobre el día sin IVA señalé que ese experimento no solo demostró que el IVA es demasiado elevado, sino que su reducción a la mitad significaría un gran impulso a la demanda. Los recursos para financiar estas dos medidas de choque tendrían que venir de préstamos del Banco de la República y de la moratoria de la deuda externa que consume el 20 por ciento del presupuesto nacional, para evitar así un sobreendeudamiento inconveniente con la banca internacional.

Con el apoyo del FMI y del G20, los países latinoamericanos podrían conseguir no solo la moratoria sugerida, sino que una posición unificada desde, por ejemplo, la OEA, podrían influir para que la vacuna y los medicamentos para hacerle frente al Covid 19 fueran un bien público de la humanidad. El Gobierno se mira el ombligo cuando debería impulsar una gran política de solidaridad internacional.