Dónde comienza la censura

El clima de polarización hace difícil identificar la intolerancia y la censura. No es suficiente con admitir que todas las opiniones y posiciones son igualmente valederas.

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POR CLARA LÓPEZ OBREGÓN / SEMANA.COM

Esta haciendo carrera amenazar y buscar castigar a quienes expresan opiniones que se apartan del consenso gobernante. El tema es de vital repercusión porque las sociedades donde se acalla la crítica y la oposición no merecen el calificativo de democráticas. La libre expresión lo es hasta en su forma, así los poderosos tomen ofensa por su contenido y talante. La actitud respetuosa de los poderosos ante a la crítica es una medida de su carácter democrático, así como la reacción vengativa, muestra de autoritarismo y debilidad argumentativa.

El clima de polarización hace difícil identificar la intolerancia y la censura. No es suficiente con admitir que todas las opiniones y posiciones son igualmente valederas. En la deliberación pública, debe ser posible expresar los diversos puntos de vista sin exponerse a las venganzas grandes y pequeñas del poder. A quiénes ponen la unidad nacional como mampara, se les debe recordar que, si bien todos atravesamos la misma tormenta, no todos vamos en el mismo barco. Hay intereses contradictorios entre sí, modos distintos de percibir cómo mejor servir el bien común y, también, distintos significados de las mismas palabras que se disputan la opinión.

Los contenidos cuentan y por eso los consensos no surgen de la imposición sino de la construcción compartida en la toma de decisiones. Cuando se habla de paz, por ejemplo, no todos la definen igual. Conforme al diccionario, unos la consideran una “situación o estado en que no hay guerra ni luchas entre dos o más partes enfrentadas” y otros un “acuerdo para poner fin a una guerra”. Son dos miradas que llevan a conclusiones muy diferentes. Lo mismo pasa con la palabra “libertad”. En su acepción expansiva es promesa de más participación, mejores condiciones laborales, más educación pública, frente a su definición conservadora de privilegiar los derechos de propiedad y ampliar la libertad económica.

El problema surge cuando en el debate se quiere imponer un consenso a la brava, como aquel ¿por qué no se calla?” que le espetó el Rey Juan Carlos al presidente Hugo Chávez. Hay distintas formas de callar la crítica, la mayor parte de ellas, respaldadas en algún poder de hacer daño, ya sea oficial, mediático, económico, laboral o de ostracismo social. Tal es el caso de la afirmación, “la manera como a usted le han mandado a hacer las preguntas”, que utilizó el consejero presidencial Emilio Archila con la intención de deslegitimar el ejercicio crítico del periodismo de María Jimena Duzán; o de la exigencia del senador uribista Gabriel Velasco, de trasladar lejos a Monseñor Darío Monsalve, la voz censora de los pobladores postergados del Pacífico, por manifestar que el presidente Iván Duque sostenía una “venganza genocida” contra el acuerdo de paz. Mención especial merece la declaración del poder económico de la ANDI, tan afín al gobierno, que descalifica de inconstitucional, sin mencionarlo, el llamado a la desobediencia civil del opositor Gustavo Petro, quién sacó el 42 por ciento de los votos en las pasadas elecciones presidenciales.

De más en más, la respuesta a la crítica va envuelta en el empaque antidemocrático de la censura. Si no le gusta lo que oye, en vez de atender el fondo de asunto, se exige el despido del crítico o se deslegitima su ejercicio profesional o político, para que otros, por ejemplo, la fiscalía, hagan la tarea. Esa reacción es autoritaria pues los que ostentan poder o sus áulicos pretenden silenciar la libre expresión con la amenaza de consecuencias negativas para quién hace o permite la crítica, como en los casos del Instituto Hernán Echavarría Olózaga y del general Zapateiro, que mencioné en pasada columna.

Prefiero la lección del Padre Francisco de Roux ante las críticas de sesgo hechas a la Comisión de la Verdad que preside: “Nunca vamos a ganar la confianza de todos, pero es el momento de mostrar que estamos abiertos a la escucha plural, al contraste y la construcción de la convivencia entre diferentes.” Asumir la crítica para contrastar y crecer y no ceder ante el clamor de la censura son deberes propios de la deliberación democrática.